Como en la vida misma

Procuren los hombres no limitarse a confiar sólo en el
esfuerzo de unos pocos, descuidando su propia actitud mental. Pues los
gobernantes de los pueblos, como gerentes que son del bien común de su propia
nación y promotores al mismo tiempo del bien universal, están enormemente
influenciados por la opinión pública y por los sentimientos del propio
ambiente. Nada podrían hacer en favor de la paz si los sentimientos de
hostilidad, desprecio y desconfianza, y los odios raciales e ideologías
obstinadas, dividieran y enfrentaran entre sí a los hombres. De ahí la
urgentísima necesidad de una reeducación de las mentes y de una nueva
orientación de la opinión pública.
Quienes se consagran a la educación de los hombres, sobre
todo de los jóvenes, o tienen por misión educar la opinión pública consideren
como su mayor deber el inculcar en todas las mentes sentimientos nuevos, que
llevan a la paz. Es necesario que todos convirtamos nuestro corazón y abramos
nuestros ojos al mundo entero, pensando en aquello que podríamos realizar en
favor del progreso del género humano si todos nos uniéramos.
No deben engañarnos las falsas esperanzas. En efecto,
mientras no desaparezcan las enemistades y los odios y no se concluyan pactos
sólidos y leales para el futuro de una paz universal, la humanidad, amenazada
ya hoy por graves peligros, a pesar de sus admirables progresos científicos,
puede llegar a conocer una hora funesta en la que ya no podría experimentar
otra paz que la paz horrenda de la muerte. La Iglesia de Cristo, que participa
de las angustias de nuestro tiempo, mientras denuncia estos peligros no pierde
con todo la esperanza; por ello, no deja de proponer al mundo actual, una y
otra vez, con oportunidad o sin ella, aquel mensaje apostólico: Ahora es tiempo
favorable, para que se opere un cambio en los corazones, ahora es día de
salvación.
Para construir la paz es preciso que desaparezcan primero
todas las causas de discordia entre los hombres, que son las que engendran las
guerras; entre estas causas deben desaparecer principalmente las injusticias.
No pocas de estas injusticias tienen su origen en las excesivas desigualdades
económicas y también en la lentitud con que se aplican los remedios necesarios
para corregirlas. Otras injusticias provienen de la ambición de dominio, del
desprecio a las personas, y, si queremos buscar sus causas más profundas, las
encontraremos en la envidia, la desconfianza, el orgullo y demás pasiones
egoístas. Como el hombre no puede soportar tantos desórdenes, de ahí se sigue
que, aun cuando no se llegue a la guerra, el mundo se ve envuelto en contiendas
y violencias.
Además, como estos mismos males se encuentran también
en las relaciones entre las diversas naciones, se hace absolutamente
imprescindible que, para superar o prevenir esas discordias y para acabar con
las violencias, se busque, como mejor remedio, la cooperación y coordinación
entre las instituciones internacionales, y se estimule sin cesar la creación de
organismos que promuevan la paz.Gaudium et Spes 82-83
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